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Con los pies en el suelo

Actualizado: 3 de dic de 2019


Me gusta mucho la expresión con los pies en el suelo, y más o menos todas sabemos qué significa: ser realista, tener cabeza y sentido común. Pues bien: casi nunca tenemos los pies en el suelo. Y lo digo de forma tanto literal como metafórica. Andamos con zapatos de vestir, con zapatos de tacón, con chanclas de plástico (que hacen ese irritante toc-toc al andar y chocar contra nuestro talón), con deportivas, ¡e incluso tenemos zapatillas de ir por casa! Como decía: no tenemos los pies en el suelo; como mucho cerca del suelo, y siempre con una capa de protección entre nosotras y la tierra.

Pero antes de empezar a hablar de las consecuencias que esto puede tener, repasemos un poco qué son los pies: ¿cómo funcionan?, ¿qué partes tienen?, ¿para qué sirven?

Las funciones más obvias del pie son claras: lleva el peso del cuerpo y permite la locomoción (el movimiento). Además, en el caso de la humanidad, esta locomoción resulta ser bípeda y, por extensión, el pie es una parte fundamental en nuestro equilibrio. Anatómicamente hablando, el pie es una de las estructuras de huesos más complejas del cuerpo (también las manos, pues ambos son variaciones de una misma estructura de cinco dígitos). Entre el pie y el tobillo reúnen: 26 huesos, 33 articulaciones y más de cien músculos, ligamentos y tendones. Es bastante, ¿no crees? Sobretodo si tenemos en cuenta que el cuerpo humano tiene poco más de seiscientos músculos y sólo 206 huesos.

No voy a extenderme en citar las distintas partes del pie, pero sí me gustaría resaltar los tres arcos que tiene un pie y que constituyen una bóveda (dos arcos longitudinales y un arco transversal). La ligera movilidad de estos arcos cuando les aplicamos o les retiramos peso nos ayuda a economizar el movimiento (andar, correr), en términos de energía. Por otro lado, esta bóveda elástica permite que el pie se adapte a las irregularidades del terreno, ayudándonos a mantener el equilibrio, y también funciona como un amortiguador en la marcha, liberando las rodillas, cadera y demás partes del cuerpo de lo que podrían resultar ser golpes secos y repetitivos.

“¿Sabéis qué tipo de nervios tenemos en los pies? Los mismos que se extienden como una red en los genitales. Los pies son como un cubo lleno de peces llenos de neuronas sensitivas que serpentean en busca de sensaciones. Sólo con estimular un poco estos nervios, el impulso recorre como un relámpago todo el sistema nervioso. […] Solamente la cara y las manos se pueden comparar con los pies en cuanto a capacidad de enviar un mensaje instantáneo al cerebro.” – Christopher McDougall, Born to run. (Traducción propia.)

Pero ¿cómo soporta y distribuye el pie nuestro peso? Es fascinante que lo logre con tanto éxito siendo una superficie tan pequeña para soportar tantos kilos. Los puntos de apoyo son tres, aunque el peso no se reparte equitativamente entre ellos:

• Apoyo antero-interno → corresponde a la cabeza del primer metatarsiano. Soporta 1/6 del peso total que recibe el pie.

• Apoyo antero-externo → corresponde a la cabeza del quinto metatarsiano. Soporta 2/6 del peso total que recibe el pie.

• Apoyo posterior → el talón. Soporta 3/6 del peso total que recibe el pie.

Sabemos, pues, que es una de las partes más complejas del cuerpo, y que no sólo soporta el peso, sino que participa de la locomoción, del ahorro de energía, del equilibrio, de la amortiguación y, además, ayuda a compensar las irregularidades del terreno. También sabemos que durante millones de años fuimos descalzxs.


¿Qué pasa entonces con los zapatos?

Los primeros zapatos (documentados) aparecieron hace cerca de 10.000 años -es decir, a finales del paleolítico-, y su uso era muchísimo más limitado que ahora. En el Antiguo Egipto, por ejemplo, solían llevar los zapatos colgando y usarlos sólo cuando fuese estrictamente necesario. A esto debemos añadirle que sus zapatos eran minimalistas y no interferían ni alteraban el patrón de movimiento básico de nuestros pies, ni su forma.

Pero hablemos de los zapatos actuales, que son los que nos interesan. Esas zapatillas deportivas con cámaras de aire, amortiguación, leve tacón y transpiración. Y miles de pijadas más. ¿Pero no hemos quedado en que el pie ha evolucionado para amortiguar nuestro peso? Por supuesto. Y también es obvio que sólo necesitamos zapatos transpirables si llevamos zapatos, así que: ¿realmente que ofrecen los zapatos modernos que el pie descalzo no pueda ofrecer? Decir que nada, a mi entender, sería exagerar, pues nadie desea caminar descalza a medio día y quemarse la planta de los pies, pero lo que el calzado actual ofrece es más engaño que otra cosa. Modifica nuestra forma de apoyar el pie, por tanto: de andar, y por tanto: nuestra misma anatomía.

Para ilustrar lo que trato de decir, un paleo-chiste (bastante malo):
“Cerebro: ¿Qué es eso que notamos en el talón? ¿Por qué vamos como de puntillas?
Tú: Nike dice que lo mejor para el pie es tener unas cámaras de amortiguación, y que sean más anchas en el talón.
Cerebro: ¿Ah, sí? ¿Y cuántos millones de años dices que tiene ese tal Nike?”

Hay cientos de fotos, estudios, experimentos y demás evidencias que demuestran que el calzado actual nos deforma los pies: provoca que los dedos se junten mucho los unos a los otros, llegando, en algunos casos, incluso a solaparse. ¿Por qué es esto malo? Si no os parece suficientemente malo que deformemos nuestro propio cuerpo en pos de las multinacionales dedicadas al calzado, pensemos en el equilibro. A cuanta menos superficie ocupa mi pie, menos equilibrio tengo. Así de simple. Sumémosle a la deformidad de los dedos, que la fascia de los pies se vuelve más rígida (menos útil), los músculos se atrofian y el arco natural se debilita (pensemos, por ejemplo, en el fenómeno de los pies planos).

Pero volvamos al equilibrio. No sólo lo perjudicamos como consecuencia directa de la deformidad de los dedos. La planta del pie tiene todavía otra función más, tan vital como las anteriores, que es informar constantemente al cerebro del tipo de terreno que estamos pisando (desniveles, temperatura, textura, humedad, irregularidades, y demás). El cerebro recibe la información y actúa al respeto, ayudándonos a mantener el equilibrio y la estabilidad.


¿Y las lesiones?

Se multiplican con el calzado actual. Y las hay para todos los gustos: desde la fascitis plantar (inflamación de la fascia, por rigidez y por sobrecarga del tendón de Aquiles, lo cual es una consecuencia directa de los tacones) a las lesiones en lxs corredorxs. Sí que es verdad que el mal equilibro puede ocasionar caídas y, por tanto, lesiones, pero los dolores más comunes entre corredorxs nacen de aterrizar con el talón cuando salen a correr. Hacerlo así implica que todo el impacto de tu cuerpo recae, en primer término, sobre el talón, que no está preparado para amortiguarlo y, además, es la parte del pie más propensa a lesiones. Si corriésemos descalzxs no aterrizaríamos así, sino con la parte intermedia-delantera del pie, donde la amortiguación es natural, y donde los dedos (que en su origen todavía cubrían más superficie) nos ayudan a asentarnos y mantener el equilibrio.


Pero ir descalza es de tontas

Quizás de locas, pero no de tontas. De hecho, diversos estudios asocian el hecho de ir descalzas con un incremento de la inteligencia. ¿Por qué? Pues porque una de las principales funciones del cerebro es el movimiento. De hecho, se sabe ya que calzar a los bebés desde muy temprana edad dificulta su desarrollo psicomotriz.

No quiero extenderme mucho en este punto (que creo que se desvía un poco de mi objetivo con este artículo), pero os enlazo un PDF que trata precisamente de eso: el impacto de ir descalzo en bebés preandantes.


Cuando decidí descalzarme

El día que decidí que mis mejores zapatos eran mis propios pies, empecé a buscar información sobre cómo hacer la transición de mis pies atrofiados a unos pies sanos, amigos del calzado minimalista. Hay miles de artículos al respecto, pero todos suelen coincidir en que la transición es necesaria, que no podemos esperar levantarnos mañana e ir descalzas o con calzado minimalista a correr por la montaña sin lesionarnos. Tenemos que darles un tiempo de readaptación a nuestros pies. Y subscribo completamente esta recomendación, aunque reconozco que yo no le hice el menor caso. Así que en cuanto a la transición, os hablaré de mi experiencia, que es la única que conozco.

(De todas maneras, os animo a que busquéis artículos, vídeos y demás información sobre cómo realizar esta transición correctamente.)


Cuando decidí que iba a cambiar mis botas montañesas de toda la vida por la suela de mis pies, estaba a sólo unas semanas de irme a vivir a la montaña. Antes vivía en una ciudad, y caminar descalza por la calle no era algo que me animase mucho (aunque lo hacía de vez en cuando), así que dediqué estas semanas a realizar algunos ejercicios de tránsito en mi piso.

Separarse los dedos de los pies algunos minutos al día. Yo lo hacía veinte minutos al día con cada pie. Los separaba con los dedos de las manos, o con un separador de dedos que tenía (¡de cuando me pintaba las uñas de los pies!), y contaba veinte minutos. Al principio dolía un poco, aunque era una molestia muy leve, y duró pocos días.

Coger cosas con los dedos de los pies. Toallas, lápices… ¡Lo que sea!

• Andar por la arena de la playa para estimular el pie. Andar siempre en el suelo liso de mi piso no era demasiada estimulación. Otro método para estimularlo es jugar con una pelota (de tenis, por ejemplo), moviéndola con la planta del pie, arriba y abajo.

Mover los dedos del pie de manera independiente. Esto, más que un ejercicio que hacía, era algo que probaba de forma terca sin demasiados resultados. Pero poco a poco el dedo meñique fue respondiendo, y eso me animó a seguir. Es un buen ejercicio.

Caminar de puntillas y de todas las formas raras que se me ocurrían. Para fortalecer las diferentes zonas del pie. Y luego empecé a correr descalza, pero ya llegaremos a eso.

• Y por supuesto: entrenar descalza. Notaba la diferencia, especialmente cuando hacía sentadillas con peso, pues el control del equilibro es mucho mayor y no había ya centímetros de calzado bajo mis talones que me obligasen a inclinarme hacia delante y desplazar mi centro de gravedad.


Por otro lado, en cuanto llegué a la montaña a vivir, empecé a ir descalza siempre. Las primeras dos semanas hacía bastantes excepciones, como cuando hacía alguna excursión larga; pero a partir del primer mes, ya nunca me calzaba. Llevaba (todavía las llevo) unas chanclas algo cutres que me encontré, que son poco más que una suela medio comida por mi perro, y me las ponía en el bolsillo para usarlas sólo cuando fuese necesario. Y era necesario pocas veces, la verdad. O como mínimo: cada vez menos.

Ahora hace más de tres meses que apenas uso zapatos (quizás una media hora al día, si tengo mucha prisa), y estoy contentísima con ello. Caminos de piedras que antes tardaba más de diez minutos en recorrer, ahora los cruzo en menos de dos. Sí que es verdad que, cuando ando, ando -es decir: me concentro en el suelo que piso, porque me he hecho bastante daño algunas veces-, pero lo vivo como algo positivo. Esto de andar andando es una hermosa forma de concentrar todo mi cuerpo en la acción de andar, y disfrutarla: las texturas bajo los pies, el aire, el paisaje. Eso, claro está, si no tengo prisa. Los días que tengo prisa y me resisto aún a calzarme las destrozadas chanclas, voy dando saltitos.

Con estas semanas de experiencia detrás de mi, puedo afirmar que ando distinto, ando mejor. Ya no aterrizo nunca con el talón, y una lesión que tengo en la rodilla y que antes siempre me molestaba al caminar, ahora ni la noto. Pero no todo han sido flores, sino más bien espinas, por eso os recomiendo hacer una transición más lenta y con más cabeza que la mía, porque desde luego yo no le puse mucha cabeza. El primer día que fui a correr descalza, por ejemplo, tuve que pasar por un tramo asfaltado (fueron como veinte minutos), y hacía mucho calor: me quemé y acabé con dos ampollas enormes, una por pie. Y me he torcido el tobillo decenas de veces en estos meses (debería haberlo acostumbrado a su nuevo funcionamiento, y no lanzarme a la piscina sin haberla llenado antes).

Sea como sea: estoy contenta. En menos de un mes será mi aniversario (25) y pediré mis primeras fivefingers y piessucios, pero las trataré como trato ahora a mis chanclas: llevarlas encima siempre, y usarlas lo mínimo posible.


Calzado mini…¿qué?

Minimalista. Es decir: calzado mínimo. No deforma el pie, ni interfiere en sus funciones. Pero nos protege. Yo no he probado ninguno, así que me limitaré a citar los calzados minimalistas más famosos, o sobre los que mejor he oído hablar por boca de algunxs compañerxs.

• Vibram FiveFingers: zapatillas con separación individual para cada dedo.

• Vibobarefoot.

• Pies Sucios: sandalias.

Como decía, hay más modelos, marcas y estilos de calzado minimalista, basta con buscar en el Google calzado minimalista e ir mirando hasta encontrar las ideales para nosotrxs. Incluso Nike tiene unas minimalistas, ¡Nike free!


Earthing

No soy nada fan de las palabritas en inglés (runner, muffin, timeline… y earthing), pero el concepto del Earthing me interesa mucho.

A finales de 1990, Clint Ober (un ejecutivo de televisión ya jubilado), tuvo la idea de que el cuerpo humano podía ser una toma de tierra eléctrica, y empezó a investigarlo. Se dio cuenta de que la mayoría usamos zapatos con suelas sintéticas, que nos aíslan por completo del campo energético de la Tierra. Las investigaciones siguieron, y acabaron concluyendo que el contacto directo con la Tierra y con su campo energético genera un cambio positivo en el estado eléctrico de nuestro propio cuerpo, ayudando a restablecer nuestros mecanismos naturales de autoregulación.

Estas investigaciones de Ober las siguió James Oschman (experto en biología celular, biofísica y fisiología). Oschman descubrió que la superficie terrestre está cargada eléctricamente a causa de los rayos del Sol, y que la Tierra puede pasarle electrones al cuerpo. No hay de qué preocuparse, puesto que estos electrones, al ser de carga negativa, no pueden dañarnos, pero eso no quita que tengan cientos de voltios. “Nuestra piel es un excelente conductor”, dice Oschman, “Podemos conectar cualquier parte de nuestra piel a la Tierra, pero la zona de nuestro cuerpo que se conecta más profundamente es la que se encuentra exactamente a la mitad de la bola de la planta del pie, en un punto que los acupunturistas llaman Riñon 1.”

¿Qué sucede, entonces, cuando pisamos la Tierra descalzas? Los electrones libres de ésta se transfieren al interior de nuestro cuerpo y estos electrones son, probablemente, los antioxidantes más potentes conocidos por el ser humano.

Al earthing se le reconocen, además, mejoras en el ritmo cardíaco, baja nuestros niveles de estrés, más facilidad para dormir y mejor descanso, entre muchas otras cosas. De hecho, una de las teorías dominantes dentro del earthing defiende que el haber perdido el contacto natural con la Tierra nos hace envejecer más, y más rápido. Defienden que, por esta pérdida de contacto, no podemos eliminar algunos radicales libres que vamos creando a lo largo de nuestra vida, y que este desequilibrio se traduce en nuestro cuerpo como envejecimiento.

Os enlazo una web en la que seguir leyendo sobre este tema, en caso de que os interese profundizar.


Conclusiones

Los pies son una parte importante de nuestro cuerpo y de nuestra salud. Tenerlos presentes, y cuidarlos, es una gran manera de empezar a cuidarnos a nosotras mismas, o de continuar haciéndolo.

Os animo a comentar vuestras expriencias

Por otro lado, si tenéis cualquier duda o sugerencia, ¡soy toda oídos!

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